Bruckner en las mejores manos

31 de marzo de 1992. Concierto histórico de la Orquesta Filarmónica de Berlín.


Si pudiéramos preguntar a los jueces ideales del gusto cuál es vuestro director favorito dirigiendo Bruckner, muy probablemente responderían a coro: Celibidache. Entonces, Bruckner, entonces, Celibidache, entonces la Filarmonica de Berlín se reconcilió con tal director en 1992, entonces llegó el coronavirus cerrando puertas y abriendo algunas ventanas. Una de esas brisas fue que muchas de las orquestas más importantes del mundo compartieron sus anaqueles digitales gratuitamente, para que no muriéramos de hambre cultural; o mejor dicho, para nutrirnos de cultura sin los pesticidas y colorantes mainstream que infectan la mayoría de los productos culturales. Entre ellas no podía falta la Filarmónica de Berlín que nos ofrece un mes gratis. Por tanto, afiné los altavoces, aumenté el brillo de la pantalla, me acicalé para corresponder al primor del evento y me puse cómodo en el sofá, mucho mejor que cualquier butaca de auditorio.

Sergiu Celibidache, 1912 Roman (Rumanía) - 1996 París (Francia)

Sergiu Celibidache concebía al compositor austriaco como el mejor sinfonista de toda la historia de la música. Para un director que percibía el concierto como una experiencia mística capaz de elevarte a lo espiritual, la relación con Bruckner (cuya vida de monje se reducía prácticamente al trabajo, estudio y oración) de música construida con un profundo sentir religioso, alcanzaba lazos que sobrepasan la partitura. 

Mientras la orquesta termina de afinar los créditos asignan el épico título de “El triunfante retorno”, y no es para menos viendo la calurosa ovación a su entrada, que apunto está de romper la rotundidad de Celibidache haciendo el esfuerzo por contener la emoción al borde de la primera lágrima. El director rumano dirigió la Filarmónica de Berlín exitosamente al acabar la guerra durante seis años, pero al término de este Karajan fue nombrado director titular. Después de 38 años Celibidache se reconcilió con la orquesta, eligiendo para ello la séptima sinfonía (1883) que trajo el reconocimiento definitivo de Anton Bruckner (la misma que sonó en la radio alemana nazi cuando se anunció la muerte de Hitler). 



© akg-images 
Anton Bruckner, 1824 Ansfelden (Austria) - 1896 Viena (Austria)

Comienza la obra, y tan solo nos hacen falta unos segundos para identificar la condición de profunda expresión que hay detrás de cada fraseo y matiz, trabajados bajo una dirección clara para que el oyente pueda percibirlo en su plenitud. La conducción precisa y elástica de las diferentes capas perfectamente diferenciadas y caracterizadas, dialogan continuamente dándose sentido recípro. Ello conforma una masa sonora densa y plástica con fuerte direccionalidad, para dar el efecto de una corriente que te lleva consigo. Pero simultáneamente, cada frase musical que oímos, sea cual sea su función estructural, está cargada de solemne energía y luminosidad poderosa. 

El estilo de la obra es un maduro romanticismo alemán, pero con uso casi constante del contrapunto que brota de la condición de organista de Bruckner. Uno de los grandes méritos del director es la lectura expuesta previamente, de dicho contrapunto. Además de manejar un juego milimétrico de equilibrios donde todo está medido y premeditado para no ceder el flujo de intensidad en ningún instante, a pesar de las exhaustivas repeticiones de motivos que plagan la obra y la dilatación de los tempi. La sinfonía se expande hasta casi la hora y media, cuando lo habitual son 60-70 minutos. El alegro moderato del primer movimiento se convierte en adagio, funcionando como cimiento para lograr el éxtasis del exquisito adagio del segundo movimiento, que se transforma en lento, donde parece imposible realizar un discurso lleno de intensidad en aura de serenidad. Celibidache es capaz como ninguno de transfigurarnos mediante la interpretación magnifica del motivo recurrente de 6 notas que surge y guía hacia el climax. Climax al que le sigue la paz redentora del coral a solo por un cuarteto de tubas wagnerianas, ya que la belleza de este movimiento es deudora de la inspiración de Bruckner en homenaje a su gran ídolo Richard Wagner, “escribí el Adagio pensando en la muerte de aquel ser único y excepcional”. 



El scherzo del tercer movimiento es gratamente recibido por la agitación y pinceladas de distintos humores, encuadrado por un tema magnífico. Partiendo de que Bruckner en el cuarto y último movimiento no pudo mantener la altura y que Celibidache siempre estuvo en contra de las grabaciones porque no eran fieles a lo que él hacía escuchar en una sala de concierto; la dirección no supo condensar el discurso que nos había planteado hasta entonces, en un finale quizá algo tenue.

Por otra parte, la producción de Boris Riaskov poseía los mejores medios del momento, pero el resultado final tiende a lo mediocre. La calidad de sonido es buena pero algo plana en matices, y la realización de imagen a pesar de que se esfuerzan por ofrecer distintos planos, el sentido cinematográfico es escaso. Lo mejor, los primeros planos al carismático director para enterarnos de las indicaciones a la orquesta, que alguna vez puso esa cara de que te va a matar cuando te aceleras o te pasas de volumen. También, sorprende el escaso número de mujeres de la orquesta en 1992, en total 7.

Un resultado tal, solo es posible gracias a una vida de estudio, sensibilidad y concepción únicas, y una alta exigencia en los ensayos: “Un ensayo son trillones de noes. ¿Sabes cuantos síes hay? Solo uno”. Si quieren saber más sobre la manera de dirigir de este director, les dejo el ensayo con fragmentos de entrevista con la orquesta de Munich en 1991, de la novena sinfonía de Bruckner. Pincha aquí.

Celibidache: "La música no es bella. Bueno, sí lo es, pero la belleza no es más que un cebo. La música es verdad". (No sean escépticos).



                                                                                                                               Antonio el Cabezón

Comentarios