Que bailen: «Kpopstar» de Raúl Charlo

Este 21 de marzo Raúl Charlo ha publicado en sus redes sociales un nuevo trabajo, «Kpopstar», el primero de los cuatro temas que el 22 de febrero el artista anunciaba desde Lanzarote en sus redes sociales tener recién grabados después de una sesión maratoniana en el estudio de su productor Luca Germini para la discográfica Ace Music. Charlo, en un short de YouTube anunciaba que iban a ser temas «muy diferentes, muy muy cañeros, formas de cantar diferentes» hecho para «el público que a uno le sigue». 

    Charlo es ya un clásico de la música infantil hecha en España. Él mismo se inscribe en la tradición de la canción infantil nacional, la de Enrique y Ana, Parchís o Teresa Rabal. En sus entrevistas disponibles en YouTube y en sus apariciones en medios de comunicación, Charlo aprovecha para recordar su estrecha colaboración con Xuxa o con Leticia Sabater («en su época buena de Mucha Marcha y también en Telecinco») reivindica sistemáticamente el estatus de un macrogénero que no suele asomarse a las radios convencionales ni a las páginas de cultura a pesar de que «la música infantil bien hecha, con calidad, mola mucho». Y tiene razón: la música infantil no suena en ninguno de los principales diales. Se encuentra, eso sí, abundantemente disponible para familias, niños y niñas en las listas de reproducción de YouTube, TikTok o Instagram. Nada nuevo en un mundo que diseña plataformas para adultos y reserva a los niños el rol de consumidores pasivos de eternas cadenas de videos. Su primer villancico, «Cosas de la Navidad», acumula más de seiscientas mil reproducciones en YouTube y más de ciento veinte mil en Spotify y es en España, junto a «El burrito sabanero», uno de los temas más coreados en festivales escolares navideños desde hace casi quince años. Pero la música infantil, a pesar de no contar habitualmente con la atención del canon de la música popular urbana, parece colarse por intersticios no previstos para ocupar nuestra memoria musical. No hay boda o verbena en la que no acabe sonando «Soy una taza» del Cantajuegos, «Chu chu Uá» de Piñón Fijo, «El baile del gorila» de la eurovisiva Melody o «Baby Shark» de Pinkfong. Charlo aún no ha logrado entrar en ese parnaso de la música popular, pero intuyo que le queda poco.

    «Kpopstar» prometía temas diferentes, y en efecto encontramos algunas novedades: coros femeninos que hasta ahora apenas habían aparecido en sus temas y una producción más acabada y limpia. Con todo, quien espere el giro radical anunciado puede llevarse una sorpresa moderada: el tema es perfectamente reconocible para quienes ya conocen a Charlo. La letra, como es habitual en sus temas, tiene una clara vocación autobiográfica: «mi estilo es increíble soy una explosión, con brillos y colores robo tu atención»; «canto bailo hits sin parar cuando suena mi música me convierto en un k-pop star». El veraniego estribillo parece evocar con desenfado el espíritu del «Ven, ven, ven» de Sex Bomb (2003): «bum saca bum saca bum bum bum». Tras una alternancia estribillo-estrofa propia del estilo pop que desarrolla a lo largo del tema, un breve solo instrumental introduce lo que podría leerse como una versión muy particular del rap break «por la mañana soy un k-pop star, por la tarde soy un k-pop star, por la noche soy un k-pop star» antes de regresar al estribillo para cerrar.

    Ahora bien, de k-pop en sentido estricto el tema toma sobre todo el entusiasmo por el término: la palabra k-pop star se repite quince veces a lo largo de la canción. La tímbrica, aun siendo electrónica, resulta más austera de lo que el k-pop suele desplegar. Y la coreografía propuesta por Charlo dialoga más con su propio catálogo que con la espectacularidad de los grupos de idols. Todo ello no es necesariamente un defecto: es la marca personal, la de un artista que ejerce simultáneamente de intérprete, coreógrafo, letrista y director artístico frente a la maquinaria colectiva e industrial del k-pop surcoreano. Pero ¿importa todo esto? Depende de si uno espera de Charlo otra cosa que lo que Charlo siempre ha ofrecido: música infantil hecha con convicción para que su público baile.

    ¿Cambiaría algo en el peso de esa etiqueta de infantil, por ejemplo, si presentáramos su música como electrónica de baile? Sin mentir: la de Charlo es música que transita cómodamente entre la tónica y la dominante, es eminentemente electrónica en tanto que prescinde de cualquier instrumento que no sean los programas de creación y edición musical, y es de baile porque la práctica totalidad de sus canciones se acompañan de vídeos con coreografías individuales y colectivas que demuestran que lo que Charlo regala a su público es música para mover el cuerpo.

    Cuando hablamos de música infantil convendría aclarar qué entendemos por esa etiqueta que suele funcionar más como condena que como descripción. Hay música infantil sofisticada como Happening, los minoritarios Chumi Chuma o los desaparecidos Petit Pop, con una producción que cualquier adulto escucharía sin rubor. Y hay música infantil funcional que sirve también para que los ayuntamientos de presupuestos modestos completen su programación cuando necesitan programar para que el público infantil mueva el esqueleto. La de Charlo pertenece, por ahora, al segundo grupo.

    Y aquí conviene detenerse un momento. Mover el cuerpo es un asunto más serio de lo que podría parecer. El musicólogo Iván Iglesias explica que durante el franquismo bailar jazz fue, entre otras cosas, una forma de resistencia corporal y cultural contra el fascismo: una afirmación de libertad que el régimen no siempre supo cómo prohibir del todo. En tiempos de ascenso y cuasi normalización de la ultraderecha, a lo mejor no es mala idea que los niños y las niñas sigan entrenando el cuerpo en la danza, aunque no sea con jazz ni con un k-pop patanegra. El baile como entrenamiento de la libertad debería promoverse siempre. Que «Kpopstar» les haga seguir bailando será el mayor éxito de Charlo.  

IMM 






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