¿Podemos seguir escuchando a “monstruos”? El dilema de separar al artista de su obra


Hoy, en unos años en los que todo el mundo puede expresar sus opiniones a través de las redes sociales, espero que con este texto te replantees lo que piensas sin dejarte influenciar por los demás. No pretendo mostrar una respuesta cerrada, sino darte la oportunidad de reflexionar sobre un dilema muy presente: ¿debemos separar al artista de su obra? Es importante aclarar que este análisis no busca abarcar todas las expresiones artísticas, sino centrarse específicamente en la música. 

Seguro que no os extrañará que el detonante de este texto haya sido la famosa charla entre Rosalía y Mariana Enriquez. En ella, ambas defendían que no les molestaba diferenciar al artista de su obra para disfrutar del arte, pero Mariana introdujo un matiz que me dejó pensando: “la información, y que uno pueda decidir cuando hay algo que interfiere en la obra, pero a veces no”. A lo que Rosalía contestó: “pero de golpe hasta qué punto uno sabe si esa información es cierta o no. A no ser que yo hubiera convivido realmente con esa persona, ¿yo quién soy para juzgar?”.

He de recalcar que creo que el problema de esta conversación es que se cuestionara si esa “información” fuese verídica justo cuando estaban hablando de Picasso. Muchas veces no es necesario convivir con una persona para saber qué hace, y más si le apuntan miles de cámaras a diario; pero sí estoy de acuerdo en que a veces se lanzan bulos para denigrar la imagen del artista. Sin embargo, más allá de la veracidad, el debate real nace cuando cuestionamos dichos actos para proteger nuestro placer como oyentes. ¿Pero realmente podemos ignorar lo que sabemos?

Para comprender este dilema, es necesario saber cómo se construye un artista. Para ello, tomaremos la propuesta de Philip Auslander, quien divide al artista en tres niveles: la persona real que es el individuo que existe fuera del ojo público y del que rara vez se tiene acceso; la performance persona (traducido como máscara del intérprete) que es la imagen pública del individuo en escenarios o entrevistas; y el personaje, un rol específico, ficticio y definido que se interpreta en una canción, vídeo o gira completa. El conflicto surge cuando los límites entre estas facetas se vuelven difusos. ¿Qué ocurre cuando las acciones de la persona real empiezan a observarse dentro del personaje?

Un ejemplo de esta colisión es el caso de D4vd y su éxito viral “Romantic Homicide”. La canción nos presenta a un personaje que decide asesinar “en su cabeza” a su pareja. No obstante, la narrativa cambió drásticamente cuando se descubrió que el cuerpo de su novia se encontraba en el maletero de su coche y que el videoclip parecía replicar lo sucedido. En este punto, la persona real se vio envuelta en una polémica que dotó a la canción de un significado macabro. Aunque no hubo una sentencia concreta, el público ya no podía ver estas tres facetas de forma aislada. Demostrando que la situación “manchó” la obra y que a veces, la información externa es tan potente que rompe esa máscara del intérprete. ¿Hasta qué punto podemos seguir disfrutando de una melodía cuando la letra, que antes era una metáfora, ahora nos parece una confesión?

El problema de separar al artista de su obra es que olvidamos que el creador está rodeado de su cultura, sus creencias y sus vivencias. Generalmente, quienes hacemos canciones queremos contar una historia; y no cualquiera, sino la nuestra o aquella con la que nos sentimos identificados. Como compositora, muchas veces he escrito temas que no he experimentado por probar la experiencia, pero estoy cien por cien segura de que no podré reflejar aquello que quiero que se sienta de la misma forma que alguien que ha atravesado esa vivencia. De la misma manera ocurre cuando escuchamos a un artista: nos gusta su música porque comparte ideas, creencias y/o una cultura iguales o parecidas a las nuestras. El gusto por lo tanto no es algo universal, sino cultural e identitario.

En mi caso, siendo mitad española y mitad búlgara, mi oído busca naturalmente sonidos que resuenen con esas raíces, aunque también me atraigan géneros como la música afro por razones que desconozco, pero que intuyo que tiene que ver con mi personalidad. Si esto es así, si elegimos lo que escuchamos según quienes somos, cabe preguntarse: ¿hasta qué punto apoyar a un artista implica una validación silenciosa de sus actos? ¿Será que nuestra idolatría hace que ignoremos las cosas malas que hacen los artistas con tal de no renunciar a nuestra identidad como fans? ¿O quizás decidir separar al artista de su obra se hace por no querer verse reflejado en las acciones de este?

En este momento, el gusto deja de ser estético para ser emocional. Pensemos en Justin Bieber: para muchos, su música representa su propia infancia. Aunque se le haya visto golpear a fans, “soltarlo” significaría romper el vínculo con los recuerdos propios. En cambio, la sociedad decide cancelar a P. Diddy porque no hay una nostalgia que nuble nuestro juicio. En casos como el de Nicki Minaj, el dilema es más profundo: ¿puede la comunidad LGTBIQ+ seguir escuchando a quien ha emitido discursos homofóbicos? Esto nos demuestra que no juzgamos la obra por su excelencia técnica, sino por cuánto estamos dispuestos a perdonar con tal de no perder lo que ese artista nos hace sentir.

Esta realidad me lleva a contrastar dos visiones. Por un lado, la postura académica que busca mirar el arte de forma contemplativa, intentando ensalzar la obra en un pedestal elitista para eximirla de las cuestiones mundanas. Por otro, el discurso de Amarna Miller, quien sostiene que una persona malvada no tiene por qué ser deficiente en su trabajo; cosa que resulta obvia y realista. Asimismo, resalta que tendemos a equiparar el “ser” con el “hacer”, provocando que nos fijemos en una obra no por su calidad, sino por los valores que compartamos con su autor, ignorando a aquellos con los que tenemos discrepancias. Desde mi perspectiva, considero que, aunque es una tendencia actual, no buscamos artistas directamente por sus ideales, sino que el primer contacto es siempre el placer y solo después es cuando puede que ahondemos en quién es el autor.

Por añadidura, Amarna introduce un matiz crucial: a menudo la cancelación no busca justicia, sino identidad. Apoyamos el rechazo a un artista para situarnos en el bando de “los buenos”, ya que contraponerse a lo que nuestra “tribu” cree tiene un “coste social muy alto”. Según ella, dividir el mundo entre buenos y malos nos impide pensar con libertad y que renunciar al valor de una obra en nombre de esa moral colectiva es una pérdida tremenda. Al final, expresa que aceptar posturas extremas anula el debate y nos arrastra a una violencia donde el criterio propio desaparece en favor del aplauso grupal. Pero, incluso si logramos escapar de la presión social, la duda sigue ahí, en nuestra intimidad: ¿merece la pena descubrir el significado real de una canción si va a arruinar mi disfrute?

Es aquí donde el debate deja de ser una cuestión de imagen pública para convertirse en un dilema personal. Como bien señala Aleida Argueta, identificar lo que está “bien” es lo sencillo; el verdadero conflicto reside en la voluntad de sostenerlo: “¿Estamos dispuestos a renunciar o dejar de consumir algo que nos gusta porque no se alinea éticamente con nosotros? Porque yo creo que muchos tenemos la intención, pero quizás no todos tenemos la voluntad”.

Para poder entender esta grieta, Aleida acude a las acepciones de Michel Foucault en su libro Historia de la sexualidad, donde distingue la moral y la ética. Él define la moral como el conjunto de valores y reglas de conducta que se imponen a los individuos a través de diversas instituciones —la familia, la escuela, la iglesia o esa “tribu” de la que hablaba Amarna—. Mientras que la ética es la “práctica de sí”: la forma en la que tú, individualmente, te relacionas con esas reglas para construir tu propia conducta. No solo se trata de saber la norma, sino de establecer qué haces con ella. Trasladado a la música, la moral es lo que nos dicta que debemos “cancelar” de un artista y la ética lo que decidimos hacer en la soledad con nuestros auriculares.

Como indica Argueta, el problema es que renunciar a una obra por una cuestión moral supone una pérdida, además de un choque emocional al pensar que lo que nos gusta no siempre es lo correcto e igual al escuchar las canciones de ‘X’ artista estamos borrando e invisibilizando lo que ha sucedido. Esta renuncia, en mi opinión, es especialmente difícil en el caso de la música. A diferencia de otras artes, esta conecta con nosotros de tal forma que nos acompaña en cualquier momento y bajo cualquier estado de ánimo, lo que hace que su pérdida resulte mucho más íntima y compleja de procesar.

Aquí cabe recalcar que, cuando escuchamos música, no lo hacemos con la intención de evaluar cuán moral es, sino por cómo nos hace sentir. El problema es que esta congruencia entre la ética y el disfrute a veces exige la pérdida que menciona Argueta. Ella habla de lo difícil que es ser coherente, y tiene razón, puesto que, como hemos visto anteriormente, hay factores además de la moral que entran en juego, como por ejemplo la nostalgia. Pero hay momentos en los que esa emoción se ve truncada por el peso de lo que sabemos, como hemos visto con la canción “Romantic Homicide”. Al final, la ética no es un juicio grupal, sino que cada uno decide qué “manchas” puede tolerar para no perder su propia coherencia. Como explica Claire Dederer en su ensayo Monstruos, el arte de una persona que cometió actos atroces a menudo nos produce una reacción física de rechazo; una sensación de que la obra ha quedado “manchada” de forma irreversible por las acciones de su creador.

No obstante, ante este sentimiento de pérdida, existe una vía de escape: la idea de “La muerte del autor” de Roland Barthes. Esta tesis sugiere que, una vez publicada la obra, el significado ya no le pertenece al creador, sino al oyente. Si aceptamos esto, el arte se independiza de la persona real. Un ejemplo de ello es el éxito de Íñigo Quintero, “Si no estás”; aunque el artista explicó meses después de su publicación que el tema se trataba de una canción sobre Dios, para miles de personas ya se había convertido en un himno de desamor o de pérdida. El significado del autor es relevante para entender el contexto, pero no tiene por qué desvalorizar la conexión propia que establecemos con la música. Los significados propios son reales para cada uno.

En definitiva, no existe una respuesta universal para este dilema porque el arte, y especialmente la música, es un espejo de nuestra propia identidad. A lo largo de este texto, creo que ha quedado claro que separar el arte del artista no es la pregunta que deberíamos hacernos —ya que es imposible si queremos comprender la obra en su totalidad—, sino si nosotros, como individuos, queremos o podemos realizar esa separación.

Desde mi perspectiva, la separación entre el arte y el artista es, en la práctica, un ideal imposible. No podemos desvincularnos de lo que sentimos, y son precisamente esos sentimientos encontrados los que generan ese malestar: el deseo de conservar algo que nos hace bien frente a la presión moral de rechazar a quien no comparte nuestros valores. A este conflicto emocional se le suma una realidad material que a menudo ignoramos: el consumo. Al dar al play, no solo estamos conectando con una obra, sino que estamos sosteniendo económicamente a la persona real que hay detrás. Este dato añade una capa más de responsabilidad a nuestra escucha, pues nuestro disfrute se convierte en un apoyo directo a la carrera de alguien cuyos actos condenamos.

Sin embargo, creo firmemente que cada individuo es libre de dictaminar dónde traza su propia línea roja. Solo uno mismo puede evaluar si los actos de un artista son lo suficientemente preocupantes como para no escuchar su música, o si, por el contrario, su conciencia le permite disfrutar la calidad de la obra a pesar de lo deleznable que pueda llegar a ser el artista. Al final, la ética no es algo que proyectamos totalmente hacia fuera para complacer a la “tribu”, sino un ejercicio de honestidad con nosotros mismos.

Si el texto te ha dejado con más preguntas que respuestas, habré cumplido con mi objetivo. Espero que dejes tu opinión en el post de Instagram de la cuenta @elcriticiclo. Y para quienes deseen seguir explorando este laberinto, recomiendo el discurso ¿Qué es un autor? de Michel Foucault donde propone que el autor es una función dentro de un sistema de discursos, más que un propietario o inventor de ideas; y Modos de ver de John Berger, quien explica como nuestra perspectiva y contexto histórico cambian el significado de lo que observamos.

Anabel Lubomirova

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